Se miraron y ella buscó en su mirada la sonrisa que siempre le hacía sentirse feliz. El sintió que los ojos de ella ya no le miraban con deseo. Ambos pensaron que no querían hacer daño al otro y sintieron un repentino temblor en las entrañas.
No por chico
Érase una vez un cuento chico que, por breve, no habría de tener más de tres frases. Y se creyó incapaz de ser un cuento, por demasiado chico. Así que así, a lo tonto, se quedó sin serlo, pero no por chico, no, sino por tonto.
Viva Cristo Rey
Estamos en 1999. La vida, sin embargo, es más o menos la misma que ahora, aunque no nos lo parezca.
Me cae bien G. En general, los punks siempre me han caído bien. Y él no es una excepción aunque es, además de punk, artista contestatario. Bueno, así se autodefine. En realidad se dedica a pintar mensajes antisistema en la pared inmaculada de la sede de la consejería de industria e innovación que hay frente a mi casa.
Allí nos conocimos. Yo volvía de uno de mis paseos de madrugada, y él se concentraba en una cita de Chomsky con una caligrafía, la verdad, bastante chunga. Y nos pusimos a hablar. De Chomsky. De La Polla Records. De ajedrez. Del paradigma capitalista. Y al final, como debe ser, de mujeres.
Todos los días uno de cada mes, puntualmente, la pared aparecía blanca, limpia y reluciente, y esa noche G. acudía, no menos puntualmente, a su cita. Y yo también, claro. A charlar, y a ver por dónde salía este mes mi amiguete, el creador contestatario. Nunca es tarde para empezar a apreciar el arte. Vale, eso era broma.
Esta vez, sin embargo, la cosa es diferente. Son las tres de la mañana, vamos, la hora de costumbre, y hemos llegado a nuestro punto de encuentro para encontrarnos con la aterradora obra de un madrugador.
VIVA CRISTO REY
SOLDADOS DEL SEÑOR
Bien grande, con poco margen. Algo parecido a la Arial Narrow, pero como a 600 puntos o así.
Imposible, al menos para mí, describir con precisión la mezcla de decepción, cabreo (punk-style), indignación y ateísmo malhablado y genuinamente blasfemo que exhibe G. durante los siguientes minutos. Cuando se ha desahogado, me atrevo por fin a preguntarle:
- Y ahora, ¿qué harás?
- Jodeeeeeeeeeeeeeer – responde cabeceando – no puedo, tío, no puedo no puedo dejar eso así, tío, es mi pared, cojones, o sea, la gente espera leer aquí algo que les mueva, algo que les dé otra visión del mundo, ¿entiendes, tío?
- Hombre, la verdad…
- Que no, coñññññññññññño, que no puede ser, no sé, tío, lo borro… pero no, no, eso no se puede hacer, no es ético borrar una pintada por mucho que me patee los cojones. Eso es una línea roja. Y yo las líneas rojas no las cruzo.
- Tío, ahora pareces un representante del establishment.
- Anda, vete a cagar – me dice sonriendo – En fin, qué le vamos a hacer, lo dejaremos así… todo… un… messssssssssss… – parece que no quería terminar la frase, como si fuera a hacerse real cuando deje de hablar.
Entonces tengo una idea. Se la digo. No la entiende a la primera. Pero decide hacerme caso y, encima de las dos líneas hirientes, con su letra mucho más defectuosa, escribe una tercera línea:
ÁNGEL Y BÁRBARA
Finalmente, retrocedemos unos cuantos pasos para poder con perspectiva nuestra obra conjunta, el primer fruto de nuestra colaboración artística:
ÁNGEL Y BÁRBARA
VIVA CRISTO REY
SOLDADOS DEL SEÑOR
- ¿Sabes, tío? – me dice finalmente – Esto puede ser lo más transgresor que haya hecho jamás. Te invito a una cerveza.
- Que sea un bourbon, coño.
- Bueno, vale. A ver qué encontramos abierto.
inexperta
Cambió una casa de cuatro paredes por una de dos brazos. Con lo imprescindible en la maleta, determinada a vivir itinerante, lo abraza y se muda. Sólo saca el cepillo de dientes, busca en él dónde dejarlo. Podría ser en el pecho. O en la boca.
El azar en la vida
Mi nombre es Francisco Tejedor, soy detective privado y aunque he hecho de todo en esta vida sin duda tres frases no fueron mucho para empezar, sin embargo es lo que tenía y con eso me tuve que conformar, sobre todo teniendo en cuenta la suma de dinero que ella entonces me dio al instante, y que prometió doblar después si completaba el encargo.
Todo empezó aquella tarde de febrero en que, aprovechando la crisis económica y de clientes, por fin estaba ideando la estructura de mi novela, cuando apareció aquella mujer morena en mi despacho y me dejó aquella hoja tras haberme contado la historia de su vida, o al menos así ella lo llamó, aunque a mí me pareció que la historia no iba más allá de cuatro años atrás en la vida de esta mujer atractiva a la que yo no echaba más de cuarenta años, atractiva y casada, aparentemente ,con el hombre ideal que la había hecho feliz los últimos cuatro años de su vida, y eso era el comienzo de la historia, el final era que desde hacía dos meses se mostraba distante, evasivo y frío; pero de nada le sirvió decirle que yo no era la persona adecuada para un trabajo de ese tipo y que además no sabía inglés, que para mí sería imposible hacer aquel encargo y que quizás podría contar con alguno de mis colegas; pero de nada sirvió porque ahora estoy aquí en la habitación 482 del Best Western Plus The Inn at Longwood de Boston (lo copio letra a letra de una tarjeta del hotel) en lugar de en mi despacho en la Gran Vía de Madrid; aunque repito que no sé inglés me he dedicado a hacer zapping para comprobar tres cosas, que efectivamente no sé nada de inglés, segundo, para lo que hay que ver mejor no saber inglés y tercero, una coincidencia, estoy aquí en Boston el fin de semana de los funerales de la cantante Whitney Houston, unos van y otros venimos y todo es fruto del azar; aquí estoy matando el tiempo antes de volver al aeropuerto tras un trabajo fácil, muy fácil, menos complicado de lo que pensé; y ahora escribiendo esa novela que empiezo a pensar que algún día llegaré a terminar, y reconozco que esas tres frases dichosas han sido inspiradoras: una, un nombre, un nombre vulgar en España, Jose Luis López; otra, una dirección en un Hotel de Boston, el Best Western Inn Longwood, y tres, una orden, “saque fotos, lo quiero todo”.
Mi técnica es la confrontación, quiero decir que no hago como otros detectives que le dan vueltas a los asuntos para que el rollo dure una película, no, yo voy al grano, y en este caso fui directamente a la habitación de José Luis López, la número 308, y le pregunté por qué le ponía los cuernos a su mujer, si lo hacía desde hace tiempo o sólo desde hacía unos meses, que lo mejor era que lo reconociese porque él no tenía alternativas y yo no podía seguir mucho tiempo en aquél hotel con el adelanto de su mujer; bueno, ya os he dicho que todo acabó bien, ¿no?, al menos para mí, al menos en lo que se refiere a mi trabajo, porque esta fue la respuesta que me encontré: “mire déjeme en paz, ¿sabe?, he sido feliz con ella y creo que también ella lo ha sido, pero ahora tengo que volver a Madrid y decirle por qué he venido a Boston a este hotel, ¿sabe?, estamos junto a un Hospital especializado en oncología…le tendré que decir que no me quedan más de unos meses y, ¿sabe?, yo había llegado a esa edad en la que uno piensa que ya puede descansar o dedicarme a disfrutar un poco de su tiempo y de su entorno y de su vida en familia…pero usted puede estar tranquilo recibirá sus honorarios…“
Tres
No sabía por cual decidirme, me gustaban las dos, aunque me sorprendía que me hubiera fijado en Lucia porque las rubias nunca me habían llamado la atención, pero ella era diferente, tranquila y elegante. Desde que la había visto por primera vez a través del escaparate de la tienda donde trabajaba no me la había quitado de la cabeza, había entrado un par de veces y la había hecho reír, eso siempre resultaba. Eso y mi seductora sonrisa.
Por el contrario Ana me conquistó por su alegría y desparpajo, me la cruzaba casi todos los días subiendo o bajando la escalera de la finca donde vivíamos, a ninguno de los dos nos gustaba coger el ascensor así que ese había sido el motivo para romper el hielo.
Ahora llevábamos dos meses juntos, pero sabía que tenía que elegir, no podía seguir haciéndolas sufrir así. Desayunaba con Lucía, todas las mañanas le llevaba bollos recién hechos y zumo de naranja, era lo que había visto que pedía en el pequeño café que estaba justo enfrente de su tienda, cuando todavía no me conocía, y yo quería complacerla, por eso me dolía enormemente aquella mirada triste que me devolvía cuando depositaba la bandeja junto a ella.
Con Ana pasaba las últimas horas de la tarde, y le preparaba una cena frugal. Siempre me había gustado cocinar y sabía que esa habilidad era muy apreciada por las mujeres así que había perfeccionado un gran número de platos, desde originales tentempiés y canapés a elaboradas carnes rellenas que eran la admiración de sus invitados. Por eso me apenaba retirar la bandeja de la cena que Ana apenas había tocado.
Llevo varias noches durmiendo mal, sopesando virtudes y defectos de las dos, haciendo una lista mental para poder tomar la mejor decisión, y por fin creo haberlo conseguido.
Esta noche las he juntado a las dos, para ver como reaccionaban, eso me haría conocerlas del todo y decidirme por fin. Me ha sorprendido que se miraran con compasión y no con odio como suele pasar entre las amantes que compiten por el mismo hombre.
En la sala ya estaba Lucía, sentada en la silla donde estaba atada, la misma donde yo le daba el desayuno todas las mañanas desde hacía dos meses, después de haberla bañado y vestido adecuadamente, para que se sintiera más cómoda. Ana entró de mi brazo, llevaba tanto tiempo encadenada a la cama que no podía andar muy bien, pero seguía estando radiante. Reconozco que me producía mucho placer vestirla y desvestirla, tenía un cuerpo sinuoso y dulce que me encantaba acariciar.
Ahora nos encontrábamos los tres juntos, formando un pequeño triángulo y les explicaba que lo nuestro no podía seguir así, que cuidar de las dos me quitaba demasiado tiempo y que una de ellas tendría que renunciar a mi. La verdad es que no me extrañó que las dos se echaran a llorar.
Al final fue Lucía la que nos dejó. No opuso mucha resistencia, casi gritó más Ana mientras desplegaba los plásticos alrededor de la silla de su competidora, suplicaba compasión una y otra vez… la tuve que amordazar. Por el contrario mi primera amante rubia se extinguió lánguida y delicadamente, sin rechistar, apagándose mientras se desangraba lentamente, tan elegantemente como la había conocido.
Ahora puedo dedicar todo mi tiempo a Ana, espero que lo nuestro dure mucho tiempo… aunque ayer la cajera del supermercado me sonrió de una manera especial, pero no, a mí nunca me han gustado las pelirrojas.
Balanzas
Decidió pesarlo en la balanza, pero se dio cuenta de que era demasiado pequeña y no podría aguantar tanto peso, así que decidió preguntarle a su hermano si conocía alguna tienda donde vendieran balanzas grandes.
El hermano le dijo que el primo tenía una tienda con muy buenos precios, y muy buenas balanzas. Entonces se fue para allá y le habló al primo de lo sucedido y le explicó que a todo el mundo le había pasado lo mismo, las balanzas del pueblo eran todas muy pequeñas.
Entonces decidió salir a otros pueblos para buscar balanzas grandes. Pero eran demasiado grandes, tan grandes que cabía hasta un elefante. Entonces, desesperado, intentó encontrar metal para construir él su propia balanza. Le pareció tan buena idea que hizo una tienda de balanzas grandes. Y así, cada vez que necesitaba pesar algo grande, sólo tenía que cogerla, sin desesperarse.
Moraleja: no hay peso demasiado grande, sino balanzas demasiado pequeñas.
P.D. Hoy he tenido ayuda, uno de mis compañeros de piso, que anda de cumple, se ofreció a ayudarme, y no he podido decir que no. Esta es nuestra historia, sobre balanzas.