Juntos

Siempre he querido estar contigo. Nuestro primer día en el cole ya te pedí que te sentaras en mi pupitre, pero dijiste NO, yo me siento con las niñas. En el instituto te pedí que salieras conmigo y dijiste NO. Me quise sentar a tu lado en el viaje de estudios, pero tú te levantaste y te fuiste con tus amigas. Estudié Económicas porque oí que tú lo harías, pero tú te fuiste a un centro privado… con tus amigas. Siempre hago por verte, busqué mi casa cerca de ti y ahora soy tu vecino. Pero tú nunca haces más que saludarme y ni siquiera compartes unas palabras conmigo.

Hoy he matado a nuestro portero, y me he asegurado de que las pistas conducen a los dos, a ti y a mí. Nada podrás hacer por rebatirlo y nada impedirá que, por fin, vivamos juntos, aunque sea en prisión.

 

Porque en las prisiones no hay separación por sexos ¿no?

Autopsia breve

Aprender a compartirte fue lo más difícil que he hecho en mi vida.

Tú hablabas. Hablabas y hablabas. Que era lo mejor. Que la rutina mata las relaciones. Que hay que ser arriesgados. Que era pelear por nosotros. Hablabas y hablabas.

Hasta el día en que empezaste a rechazarme. Por sistema. Por vocación. No sé si por fidelidad a otro, o a otros, o a todo el mundo menos a mí. O porque por qué no.

Me costó entenderlo. Me dolió entenderlo. Pero sólo al principio. Luego resultó ser lo mejor que podía pasarme. Porque al menos tu rechazo no tenía que compartirlo con nadie más.

Spam

Ya no aguantaba más con él así que buscó otro trabajo lejos de allí, alquiló una casa, hizo sus maletas y, aunque  sus piernas temblaban al asegurarle que su marcha no tendría vuelta atrás, consiguió cerrar la puerta detrás de sí. Él no dejó de llamarla en esa su última mañana en el trabajo, pero ella ya había cancelado su línea de móvil para contratar otra y desconectó el teléfono de su mesa. Él sabía que, si escuchaba sus argumentos, ella volvería a quedarse, como otras veces, así que no cejó en su empeño de contactar. Sabía que a su trabajo no podía ir porque los guardias de seguridad ya le habían echado en una ocasión así que, astuto él, escribió un mail cariñoso, muy cariñoso, pidiéndole perdón y recordándole todo lo que habían pasado juntos y todo eso por lo que merecía la pena seguir el mismo camino. Él la sabía débil y estaba seguro de que, en cuanto lo leyera, lloraría y no tendría fuerzas para marcharse.

Él lo envió seguro de que habría respuesta enseguida, pero… espero una hora, y dos, y tres…

Ella se marchó tranquila al aeropuerto y cogió el vuelo a su hora. Cuando salió de casa dudaba de si tendría fuerzas para hacerlo y temía que él consiguiera hacerle flojear. Pero hubo suerte y él no se puso en contacto con ella en ningún momento, de ninguna manera. Una vida nueva y limpia empezó cuando puso los pies en el avión.

Ella nunca lo supo pero, por una vez, el servidor hizo las cosas bien y decidió que el correo de él era un spam. Y claro que lo era.

It’s a beautiful morning

Sé que eres concienzuda. Que te gusta el café solo, con un terrón de azúcar. Que tu color favorito es el verde. Que te gusta mirar la lluvia desde detrás del cristal. Pero no mojarte. Que ahora mismo escuchas The Black Keys a todas horas, pero siempre guardas un lugar en tu corazón para los Rolling.

Sé que no vacías tu carpeta de spam como hacemos todos en la oficina, sino que lees los mensajes, sobre todo si te hace gracia el asunto. Y que tuviste la época de los emprendedores africanos, los aparatos elongadores italianos y ahora lo más son las traducciones automáticas y absurdas.

Lo que tú no sabes es que tengo seis cuentas, en lugares raros, y varias direcciones inscritas por mí en el registro de correos basura. Que rastreo la red buscando los más surrealistas y divertidos, para enviártelos desde alguna de mis muchas direcciones falsas.

Porque una cosa es que nunca me atreva a hablarte, y me conforme con mirarte desde mi mesa. Una cosa es que tiemble si me preguntas la hora, si nos cruzamos en la puerta de la jefa o si compartimos el ascensor. Y otra muy distinta, a la que no estoy dispuesto, es tener que renunciar a tu risa por la mañana.

Los otros

El mensaje era un poco confuso pero pudo entender con cierta rapidez su significado. Y todo se le vino abajo. Todo era al contrario de cómo lo había entendido hasta entonces. Los malos no eran los otros. Programado para luchar durante toda su vida contra una civilización que le habían dicho decadente, enferma y que de forma contagiosa iba a destruir todo. Utilizando sus mismas armas de guerra, sin piedad. Y ahora lo comprendía. Al principio no le hizo caso porque pensaba que era un espía enemigo que estaba tratando de confundirle. Pero con este último mensaje su supervisor le había convencido: Su supervisor “arrepentido” y él…él había dedicado toda su vida a destruir la vida a la que tanta energía había dedicado y que tanto quería. Los malos no eran los otros. El spam era él.

Al ritmo del bolero

Modo de uso: conectar la música y leer a su ritmo.

Me desperezo poco a poco en la cama. Abro ojos, estiro piernas, brazos, cuello, me vuelvo a esconder, bostezo, disfruto de poder despertar poco a poco a cada uno de mis músculos, de mis huesos, a mis recuerdos, mis sentimientos… poco a poco, al ritmo de la música.

El día se levanta nublado, abro un poco la ventana para que entre el  aire y ventile mi cuarto, la ducha terminará el trabajo, todavía hay problemas de ayer que necesito se vayan por el sumidero con el agua. Canturreo el ritmo dirigiendo la cara al chorro. Cierro los ojos y disfruto de la música mientras el agua cae fuerte sobre mi cuerpo y mi cara. Muy caliente, casi quema, pica, no duele, y me va activando, poco a poco me siento despertar del todo.

Desayuno un zumo y un café, solo, de pie, tranquilo, sin prisa. Sé que si llevo bien el ritmo a todo me da tiempo. Me visto la ropa que preparé ayer. Me peino ante el espejo y veo mi rostro tranquilo en él.

Salgo a la calle y parece que el sol ya va saliendo , es la hora de siempre así que corro un poco para no perder el bus. Hay tráfico, hay gente, hay jaleo, el tono de la música sube, hay más instrumentos, hay más jaleo, más música, más cosas… es un trayecto normal.

Al entrar la veo, como siempre, y me paro un rato con ella, a meterme con su pelo o a dejarle que ella se meta con el nudo de mi corbata, como siempre, y como siempre me voy con una sonrisa al ascensor, y ya me encuentro a mi jefe, y al suyo, y al jefe de todos los jefes y, sin dejar el abrigo, ya me han puesto al corriente de una reunión , de tres contratos nuevos, de dos informes previos para hacer en tres días y del congreso de fin de semana que organizaremos dentro de tres… El sonido de los instrumentos machaca mi cabeza pero intento relajarme, abstraerme y salir, y seguir manteniendo el ritmo, el de mi día, el de un día normal.

Tarde ocupada, muy ocupada, con mi jefe llamando cada dos por tres, tarde larga. A última hora ya la música es más aguda, pero mantiene el ritmo, el del bolero y el mío. Tonos graves algún rato, conflictos con mi jefe, alguna conversación tensa, trabajo, mucho trabajo.

A las 8 consigo salir del despacho, cruzo los dedos para que ella aún esté en la entrada…. Está. Con el abrigo puesto y parece dispuesta a irse pero… dice que me esperaba. Y se callan los trombones  y vuelven a sonar violines.  Te invito a una cerveza, digo, y la acompaño al salir. Violines, suaves trompetas…

Hablamos en un bar. La mesa y dos cervezas entre nosotros. Hablamos mucho los dos. De todo, y a buen ritmo, el de todo el día. La música se ha vuelto más amplia, más extensa, nos recoge a los dos.

Salimos a la calle y también vamos hablando, riendo. ¿Estás contento? Me dice ella. Sí, ¿por qué no?, le digo yo y se ríe. ¿De qué? De mí, me dice. Pero me gusta.

Parece que ella también la oye, porque al andar marca con sus pasos el ritmo de mis pasos. Nos movemos al son.

La acompaño a su casa, hasta la puerta y, cuando me estaba ofreciendo a acompañarla hasta su piso, alguien empuja la puerta detrás de mí y le oigo decir “ya la subo yo”. Es mi hermano, me dice ella. Y ya. Ni beso, ni saludo… un adiós rápido y se acabó. Se acabó la cita, se acabó el día y se acabó la música. Así, de pronto… vaya un compositor éste.

Lo más terrible

Es terrible que haya desaparecido, pero no es lo más terrible. Podría escribir una larga lista de sucesos relativamente recientes mucho más terribles. Que perdiera la cabeza, por ejemplo. El hombre del léxico imposible, cuyas audacias me sorprendían incluso a mí, que me he criado con ellas, que me sorprendían hasta el punto de desear escribirlas al escuchárselas, para no olvidarlas, para poder pronunciarlas yo también, pero jamás me salían, como si sólo fueran posibles en su boca, y si las hubiera escrito todas habría tenido entre mis manos un diccionario académico, pero en su boca las palabras olvidadas no sonaban académicas, sonaban divertidas, sonaban a estar disfrutando de ser pronunciadas, como supongo que disfrutaría de una tarde de sol alguien que lleva años preso. Ese hombre de cultura y ternura infinitas perdió la cabeza. Primero fueron los nombres de las cosas, después los recuerdos, los anecdóticos y vulgares primero, los más valiosos al final, y cuando se hubo ido el último de todos, el de ella, lo perdió todo. Terrible fue tener que habituarme a vivir con un padre que ya no era mi padre, sino un señor que tenía su cara, su piel, pero con una mirada siempre perdida, nunca fija en ningún punto, sin criterio, sin conversación, sin ser, con una fragilidad y una torpeza que me habrían conmovido en cualquier otra persona que no fuera él, porque en él no las aceptaba, no las acepto, y sólo lograba reconocer en ese ser a mi padre cuando, aún enajenado, era incapaz de contener alguna lágrima al sonar ciertas canciones. Terrible saber que no me volverá a abrazar. Terrible es verlo siempre asustadizo, desorientado, porque nunca sabe donde está, ni con quién, porque no es capaz de reconocer nada, ni mi casa, donde lleva ya un tiempo viviendo, ni a mí. Es terrible abrir la puerta de casa después de haber salido un momento, y darme cuenta de que yo, que estoy en plenas facultades, también olvido cosas, como cerrar con llave, y encontrarme al entrar la casa vacía. Es terrible recorrer desesperado el barrio, gritar tu nombre aunque ya no respondas a él y que no conteste nadie, y entrar en los comercios y preguntar, y que no conteste nadie. Terrible ir a la policía y tener que hablar de ti, enseñar fotos de cuando parecías tú y también eras tú, y me abrazabas. Terrible volver a casa solo e imaginarte tan muerto de miedo, tan desorientado y tan solo como en casa pero en la calle y solo. Terrible para una persona tímida e introvertida como sabes que soy hablar con medios de comunicación suplicando la colaboración ciudadana. Terrible ver los carteles con tu foto por la calle, con tu cara de cuando parecías tú y eras tú y me abrazabas, y en cada una de ellas y cada vez sentir las dos pérdidas. Terrible abrir la puerta cada noche y no saber donde estás. Terrible imaginarte. Terrible echarte de menos, padre. Pero lo más terrible es no poder sofocar el deseo de que, a pesar de todo, no aparezcas.